VIERNES SANTO - Es tu momento... para REFLEXIONAR

Te invitamos en que este ratito lo dividas en tres momentos:

  1. Es el momento... para situarnos 
  2. Es el momento... para iluminarnos 
  3. Es el momento... para confrontar la vida con la Palabra

Es el momento... para SITUARNOS

Érase una vez un árbol muy querido por un niño. El niño iba a verlo a diario. Recogía sus hojas y trenzaba coronas para jugar al rey del bosque. Se subía al tronco y se balanceaba en sus ramas. Comían sus frutos y, luego, juntos, árbol y niño, jugaban al escondite.
Cuando estaba cansado, el niño se dormía a la sombra del árbol, y sus hojas le entonaban una canción de cuna. El niño quería al árbol con todo su pequeño corazón. Y el árbol era feliz.
Pasó el tiempo y el niño creció. Ahora el niño era mayor y el árbol muchas veces se quedaba solo.
Un día el niño fue a ver al árbol, y el árbol le dijo: 
―Acércate, niño mío, sube a mi tronco y balancéate en mis ramas, come de mis frutos, juega a mi sombra y sé feliz. 
―Ya estoy demasiado crecido como para subir a los árboles y jugar —dijo el niño—. Yo quiero comprarme cosas y divertirme. ¡Quiero dinero! ¿Puedes tú darme dinero?
―Lo siento —respondió el árbol. ―Yo no poseo dinero; solo tengo hojas y frutos. Toma mi fruta, niño mío, y véndela en la ciudad. Así tendrás dinero y serás feliz.
Entonces el niño subió al árbol, recogió toda la fruta y se fue con ella. Y el árbol se alegró.
El niño estuvo mucho tiempo sin volver... Y el árbol se puso triste.
Un día volvió el niño; el árbol rebosante de alegría dijo: 
―Acércate, niño mío, sube a mi tronco y balancéate en mis ramas, come de mis frutos, juega a mi sombra y sé feliz. 
―Tengo mucho que hacer; ¡no me queda tiempo para subir a los árboles! — respondió el niño, que ya se había hecho un hombre. ―Quiero una casa donde guarecerme, continúo. ―Quiero tener mujer y quiero unos niños; necesito, pues, una casa. ¿Puedes tú darme una casa?
―Yo no tengo casa —dijo el árbol. ―Mi casa es el bosque: pero puedes cortar mis ramas y construirle la casa. Entonces serás feliz.
El niño cortó todas las ramas y se las llevó para hacerse una casa. Y el árbol se alegró. Durante mucho tiempo no volvió a aparecer el niño. Cuando regresó, el árbol se puso tan contento, que apenas lograba decir palabra.
―Acércate, niño mío —murmuró por fin―. Ven a jugar.
―Soy demasiado viejo y estoy demasiado triste como para jugar, dijo el niño―. Quiero una barca para huir. ¿Puedes tú darme una barca?
―Corta mi tronco y hazte una barca —dijo el árbol―. Así podrás marcharte y ser feliz. 
Entonces el niño cortó el tronco y se hizo una barca para huir. Y el árbol fue feliz..., aunque no del todo.
Mucho, pero que mucho tiempo después volvió otra vez el niño.
―Lo siento, niño mío —dijo el árbol—, pero no me queda nada que darte... Ya no tengo fruta.
― Y mis dientes ya son demasiado débiles para comer fruta —dijo el niño.
―Ya no tengo ramas —siguió diciendo el árbol―. Ya no puedes balancearte en ellas. 
―Soy demasiado viejo como para balancearme en tus ramas - dijo el niño.
―Ya no tengo tronco —dijo el árbol―. Ya no puedes subirte a mí.
―Estoy demasiado cansado como para subir a los árboles— dijo el niño.
―Lo siento muchísimo—, suspiró el árbol. ―Me gustaría poderte regalar algo..., pero no me queda nada, no soy más que una vieja cepa. ¡No sabes cuanto lo siento!
― Ya no necesito demasiadas cosas—, dijo el niño. —Solo un sitio tranquilo donde calentarme, me siento cansado muy cansado.
― Pues bien, dijo el árbol, irguiéndose cuanto podía—; pues bien, una vieja cepa es todo lo que necesitas para calentarte y reposar. Acércate, niño y prende mi cepa para calentarte y reposa.
Así lo hizo el niño. Y el árbol murió feliz dando cuanto tenía a su adorado niño.

Como en este cuento, en el día de hoy parece que la muerte es la protagonista. Pero si miramos con los ojos de la fe, vemos que, tras la entrega total, esa muerte engendra vida.
Hoy es un día de silencio, de presentar nuestra cruz y las cruces del mundo a los pies de la cruz de Jesús y, por eso, le acompañaremos en su difícil camino hasta el calvario. Tal vez tampoco sea un camino apacible para nosotros, para hacerlo hay que atreverse a mirarle a él, a mirar a los personajes que se encuentra, a mirar dónde sigue muriendo hoy en nuestro mundo y a mirarnos por dentro.

Es el momento... para ILUMINARNOS

Hoy es un día para personalizar la experiencia de la cruz. Es un momento para contemplar el desenlace de la Pasión. Nos golpean dimensiones de la vida que tienen que ver con la exigencia, el dolor y la entrega. Por eso, en este momento, volver el foco hacia una realidad muy honda y que es la que sostiene toda esta historia. Se trata de la manera de amar de Dios.
La Pasión no es el itinerario macabro ideado por un Dios vengativo para castigar, en su Hijo, a la humanidad. Es, y quizá del modo más definitivo, la hora de la verdad y el escenario donde se despliega una historia de amor. Un amor radical, incondicional, primero. Un amor infinito pero libre, entregado pero no impuesto, eterno, pero encarnado. Un amor asimétrico, porque se da sin exigir nada a cambio.
Es esta última la hora de los contrastes. Entre quien habla con palabras de verdad y quien miente. Entre quien insulta y quien perdona. Entre quien ama y quien odia. Entre quien se burla y quien calla. Es esta la hora en que con más hondura va a asomar la palabra última de Dios, Jesús, en medio de la algazara de los que nada entienden. Jesús, amando hasta el extremo, es la palabra definitiva de Dios, que resuena con dolorosa desnudez desde el silencio de la cruz.

Un amor cumplido

En el evangelio de Juan, lo último que dice Jesús en la cruz es: «Todo está cumplido». Podríamos formularlo también como «todo está completo» o «terminado». ¿Qué es lo que se ha cumplido? Jesús ha culminado un itinerario único, hasta el final. Ha mostrado una puerta nueva, un camino diferente, otra lógica, que es la que nos aproxima a Dios y su proyecto para nosotros. Al mundo no lo salva una ley imposible. Nuestra libertad tiene un reverso difícil, que es la posibilidad de utilizarla mal y de generar espacios de muerte.
La historia es una sucesión de pequeñas historias entrelazadas y, aunque hay en ella mucha grandeza, bondad y belleza, demasiado a menudo vemos también ambiciones, heridas, traiciones y sepulcros innecesarios. Nosotras, las personas, estamos llamadas a vivir en plenitud y, sin embargo, terminamos viviendo a medias. Las historias atravesadas por el pecado son historias truncadas y, en ellas, el amor es insuficiente. Pudiendo volar, vivimos encadenados. Pudiendo encontrarnos, vivimos solos. Pudiendo tender puentes, levantamos muros. Pudiendo comprendernos, demasiadas veces nos tememos.
El mundo estaba atravesado por esas heridas. Los vendedores de respuestas fallaron una y otra vez, convirtiendo sus discursos, propuestas y leyes en losas que, en lugar de liberar, terminaban aplastando a las personas. Muchas personas quisieron ser dioses, y en esa aspiración olvidaron que somos hijos, hermanos, y que nuestra autonomía no es omnipotencia.
Lo que Dios vino a mostrar en Jesús es que otra humanidad es posible. Que las personas podemos vivir con otra lógica, mirar el mundo y a las personas con otros ojos, y que, precisamente porque hemos sigo creados a su imagen, somos capaces de elevarnos sobre toda esa fragilidad y vivir abiertos a Dios, al prójimo y a una grandeza diferente en cada uno de nosotros. Jesús es la respuesta. El que vive abierto de una manera radical, definitiva e incondicional a Dios. El que comprende, en su entraña, que la esencia de la vida es amar e ir construyendo un mundo donde la creación continúe su marcha. ¿Cuál es el camino que nos abre Jesús? El amor radical, definitivo, incondicional.
Un amor que pone su raíz en Dios. Un amor que late con especial urgencia ante los más rotos. Que celebra, que cree, que perdona y que proclama la bienaventuranza, la justicia y la paz. Que no se rinde ante el egoísmo, el odio o la violencia. Esto es lo que Jesús, de una manera única, comprende y expresa en la cruz. Él nos muestra el rostro más humano de Dios y la esencia más divina del ser humano.
Su prueba, su encrucijada, su misión, es mostrar que esto es posible. No dar marcha atrás. Amar hasta el final y confiar en que la muerte no tenga la última palabra. Eso es lo que hace Jesús en su vida. Esa es la encrucijada que, en esta última hora, afronta.

El último canto de amor 

Las palabras de Jesús en la cruz son, en el fondo, un último canto de amor. Somos testigos, en estos momentos finales, de gestos y palabras que expresan su verdad radical con la desnudez de quien no tiene nada que ganar ni perder, de quien sabe que llega su hora y puede prescindir de adornos. Y esa verdad es, en Jesús, el amor a amigos y enemigos. A quienes aún le acompañan al pie de la cruz y a quienes lo ejecutan sin clemencia. Un amor que le lleva a perdonar a los que ni tan siquiera son conscientes de lo que están haciéndole. El amor que le hace volverse al hombre que, a su lado, necesita una palabra de esperanza. El amor que, lejos de toda posesión o victimismo, sigue tendiendo lazos entre los que quedan detrás, madre y amigo, y en ellos tantos otros que buscamos aliviar la soledad. El amor que busca su fuente última en Dios, y por eso llama, pregunta, grita y expresa necesidad..., porque el amor no es todopoderoso, sino pobre. El amor que se da hasta el final, que se derrama hasta la última gota, hasta el último aliento, hasta que no queda nada más por dar, cuando ya todo se ha cumplido.
No son palabras vacías ni dichas por decir. Con las palabras podemos jugar, podemos engañar, entretener y construir mundos ficticios. Podemos mentir o crear cortinas de humo. Pero también podemos poner en ellas el corazón y la vida y convertirlas en puente hacia otros. Hay palabras que se clavan como puñales en la entraña, palabras que enmascaran la verdad; pero hay también otras palabras que desvelan, que revelan, que descubren y dan sentido. «¿Me das tu palabra?», preguntamos a alguien. Y el aludido sabe que empeñar la propia palabra es poner la propia verdad en juego. Quizás hoy seamos más escépticos, pero la expresión «empeñar la palabra» es muy expresiva y, tomada en serio, significa mucho. Cuando esas palabras son de amor, la diferencia entre que sean sinceras o falsas es abismal.
Pues bien, Jesús es la Palabra, el Verbo más explícito de Dios. Dios otorga su palabra a la humanidad, al mundo y a la historia. No está escrita en una piedra o en una ley, sino encarnada en Jesús, que refleja la verdad más honda de Dios y del ser humano a un tiempo. Y esa palabra encuentra su púlpito definitivo en este itinerario de la Pasión.
En la cruz, Jesús no habla de venganza o de castigo, no hay reproche ni exigencia, no hay furia ni condena. Hay cansancio, el que queda tras darlo todo. Hay dolor, el de quien ha salido a la intemperie para acompañar y compartir la vida y el destino de los más heridos. Hay pasión, la pasión de quien sigue aspirando a lo mejor y deseando que lo que quede detrás esté lleno de posibilidades: la reconciliación, el cuidado recíproco, la esperanza. Hay promesa. La promesa de algo mejor, de una victoria última, de un mañana que se impondrá a la noche más oscura. Y hay, también, silencio.
(Hacemos un rato de silencio)
Hay un momento para contemplar. Para tratar de entender lo que vemos, porque de alguna manera nos desborda. Este Jesús crucificado muestra un extraño abrazo final. A veces decimos que Jesús abraza la cruz..., pero creo que es una imagen mucho mejor la de que en la cruz de Jesús está Dios abrazando a cada ser humano en sus heridas, en su fatiga, en su dolor, en sus anhelos y miedos, en sus fracasos, en sus caídas. Dios están abrazando, y ese abrazo es incluso el perdón a sus propios verdugos, la palabra de ternura al que agoniza a su lado, y el mensaje de encuentro a María y a Juan, presentes al pie de la cruz...
En ese abrazo confluyen tantos otros gestos... Del buen samaritano que recoge al hombre herido en el camino; del padre del hijo pródigo, recibiéndolo en casa con alegría y dispuesto a darle las oportunidades que hagan falta; de cada caricia y cada gesto con los que Jesús ha ido sanando a leprosos, ciegos y paralíticos; de la viuda pobre dando lo poco que tiene, pensando en otros más pobres aún que ella; de la mujer que con sus cabellos enjuaga los pies de Jesús; del propio Jesús lavando con sus manos los pies de sus discípulos. Gestos, roces, abrazos... Un único abrazo para levantarnos cada vez que caigamos. Un único abrazo, hasta que los brazos duelan de tanto darse. Un único abrazo que también nosotros podemos dar una y otra vez para transformar el mundo, hasta que un día, con la confianza última de quien no tiene nada que perder, podamos exclamar, a su manera: «Todo está cumplido». 
(José Mª Rodríguez Olaizola, La pasión en contemplación de papel)

Es el momento... para CONFRONTAR LA VIDA CON LA PALABRA

Hoy se nos invita a contemplar la pasión desde el amor y la fidelidad de Jesús en el día de su muerte y, a través de ello, intenta llegar al mensaje revelador del Padre en aquellas circunstancias. El mensaje profundo del Viernes Santo, en efecto, deriva de contemplar el amor de Jesús mantenido en medio de su sufrimiento. Por eso os invitamos a que leáis la Pasión del Evangelio de san Juan los capítulos 18 y 19. 

PAUTAS PARA LA LECTURA

  • Lee atentamente el texto y, tal vez, transcríbelo o aprende de memoria aquello que te llama la atención.
  • Deja momentos de silencio para que la Palabra penetre, cale profundamente en ti.
  • Lee y relee. Lee con lápiz en mano, subrayando palabras que impresionan: personajes, acciones, temas, sentimientos. 
  • Contempla la pasión en su realidad onda que no es el sufrimiento, sino el amor.
 

PREGÚNTATE

  • Seguirle hoy es tomar la decisión de seguir sus pasos, pero… ¿hay otros pasos que merezca la pena seguir?
  • «Todo está cumplido» (Jn 19,30). ¿Has cumplido algún sueño? ¿Has caminado y cubierto etapas, sabiendo que el camino continúa, pero tus huellas están atrás? Escríbelo ¿Con quién te sientes que quieres cumplir?
  • Al ver a Jesús que va a la pasión «por mí», el «contigo» y «como tú» desemboca en una pregunta nueva: ¿qué puedo yo, además de hacer, padecer por ti?
  • ¿Qué es lo que hemos de aprender sobre la vida y sobre Dios, al ver actuar a Jesús de este modo, en los momentos decisivos y finales de su existencia? 
  • ¿Cómo hay que proceder sin romperse, en las negatividades amargas, de las que ningún ser humano se escapa? 
  • ¿Cuál es tu cruz? ¿Cuáles son esos momentos difíciles, esas cicatrices que tienes presente día a día y que forman parte de ella? 
  • ¿A qué le quieres dar muerte hoy en la cruz de Jesús

Para finalizar, escucha la canción de Álvaro Fraile, Pongo mi vida en tus manos:


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